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martes, 11 de septiembre de 2012

GATO TONTO





La verdadera amistad puede venir de la mano de alguien, aparecer un día o noche inesperados, llegar en un medio de transporte, entrar de pronto en cualquier lugar. Tiene varias formas de manifestarse. Rozarte con su varita mágica y producir el encantamiento.

La de esta historia apareció una tarde de abril, en una casa vieja y húmeda. Se presentó envuelta en una bola de pelo, y tras unos grandes ojos verdes. Surgió la química y la atracción mutua. Al cruzarse las miradas ya sabían que algo nuevo estaba naciendo entre ellos. Ella se comprometió a cuidarle y mimarle sin fecha de caducidad. Él, por su parte, sólo podía ofrecer compañía, cariño y amistad incondicional.

Con el tiempo ese sentimiento fue creciendo a la par que ellos. Se volvieron inseparables, cómplices de juegos, confidentes de secretos, almas gemelas. Algunas tardes transcurrían así: él medio adormilado, observaba desde la cama como ella hacía las tareas del cole, repasaba la lección en voz alta, la cara que adoptaba cuando se equivocaba y, sobre todo, cuando se producía un  silencio seguido de una caricia dirigida a su cabeza o a su lomo. No pedían más.

Como auténticos felinos sus juegos se limitaban a asaltarse el uno al otro.   Acabada la diversión, la niña hundía la cara en la mullida barriga susurrándole “gato tonto”. Éste, dejándose hacer, ronroneaba y apoyaba sus suaves patas sobre la cabeza de ella.  

No todos los miembros de la familia veían con buenos ojos esta relación. Un fatídico día, el mayor del clan le dio la posibilidad de elegir entre él o el minino. –No me hagas esto, papá. Y así fue como todo dio un giro de 180º, cambiándoles su mundo y poniéndolo patas arriba.

Una casa en construcción se convirtió en la nueva morada del gato. Decidida y animada, la niña tomó nuevos hábitos. Exceptuando las horas de clase, la mayor parte del tiempo lo pasaba junto a él. Estudio, charla, merienda, juegos. La noche caía haciéndola volver a su hogar. Dolía la separación, cuando se acercaba la hora de la despedida, el gato se subía a su regazo y con la cabeza le propinaba unos cuantos mimos.  ¿Intuición animal?

Los años pasaron, convirtiendo a la niña en una adolescente y al minino, en un gato más sabio o más intuitivo. Ella, no dejaba de preguntarse, cómo él podía conocer la hora exacta para darle los buenos días antes de subir a ese autobús que la trasladaba hasta su instituto, y la de llegada, siempre esperando al final de la calle, en la esquina de una vieja tienda de barrio. 

Todo estaba cambiando, la conversación, los juegos… Menos ellos, eran los mismos, dos almas cosidas la una a la otra. Hasta que sucedió: dejó de acudir. –Caza de gatas. Pensaba ella, se quería autoconvencer. Los días pasaron a ser semanas, y seguía sin aparecer. Cada tarde después de clase, cargada de ilusión salía en su busca para más tarde volver triste y desanimada.

La noticia no tardó en llegar por boca de su madre. La última vez que lo vio, comía algo que una vecina le había dado y desde entonces no ha vuelto. Si sumamos dos y dos, salen las cuentas.  

Las lágrimas hicieron acto de presencia junto con la rabia y la impotencia. ¿Qué haría ahora con su tiempo, los secretos, las caricias, los mimos, los abrazos, los besos? Todo lo que en un principio tenía un destino, ahora vagaba en el tiempo, estaba perdido. –Gato tonto, ¿por qué comiste algo que yo no te di?

Ahora que la herida ha cicatrizado y ha madurado la pena, en el corazón de la no tan niña habita un hermoso recuerdo,  de vez en cuando aparece como un guiño la imagen de una chiquilla y de un gato tonto.

20 comentarios:

  1. El solo podía ofrecer compañia y cariño...Que penita tan enorme cuando un animal de compañía, valaga la redundancia, desaparece.
    En realidad creo que se convierten alguien más de la familia.

    Me ha gustado este relato.

    Saludos

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    1. Así es Pilar, es como perder a alguien de la família. Muchas gracias por tu comentario. Saludos.

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  2. MMMM ¿Acaso es más un recuerdo de una historia inventada? En cualquier caso el relato hace cómplice al lector.
    Y aunque los gatos no son precisamente santo de mi devoción... no deja de parecerme una historia conmovedora.
    Y que digo yo... que si todos los perros van al cielo... los gatos no tienen que ser menos.
    Un besote. :)

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    1. Me pillaste, jejeje. También creo que los gatos van al cielo, que es muy grande y cabe de tó.
      Un besazo enorme, Hulna.

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  3. Me gusta mucho cómo está contada la historia, aunque me entristeció un poquito, es que me encantan los gatos, y me siento bastante identificada con la niña adolescente la verdad... Me sucedió algo así en mi niñez adolescencia, que mi madre me regaló una gata que yo tenía porque a ella los gatos no le gustan nada. Por suerte ahora tengo dos gatos, hermosos... Qué buena la foto!
    Un beso

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    1. Gracias, Eva. A mí también me encantan los gatos, son mi debilidad. No tengo ninguno porque en casa hay casos de alergías, que si no...
      Besotes.

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  4. Pues por el cariño del relato, se nota que te gustan los gatos, Aurora. Ay que ver, la intuición de los animales, se guian por los nervios de los vivos, por el magnetismo del planeta... nosotros estamos perdiendo facultades como seres naturales. Algún día, puede que la evolución nos castiga, y quién sabe si los gatos reinen el mundo, eh? Perdón por el desvarío. Un relato muy tierno y bien plantado.
    Besos

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    1. Ay, Luis!!! Me apasionan los gatos, me atraen porque tienen algo misterioso. Y sobre todo por su forma de ser y de sentir. Llámame loca, pero si existe la reencarnación en mi próxima vida quisiera ser felino. Jejeje, me ha gustado tu desvarío.
      Gracias por tu comentario, amigo.
      Besos.

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  5. Me gusta tu sitio, así que te he nominado para el premio que me han dado a mí. Pásate a por el tuyo por mi blog.
    Un beso.

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    1. Enhorabuena por ese premio y muchas gracias por compartirlo.
      Voy para allá.
      Besos

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  6. Me costó leerlo porque me olía que acababa mal y no puedo. No quiero tener animales en casa porque les pasa algo y... ¿por qué en todas partes existen vecinas? Personalmente, me molestan más algunas vecinas que los gatos y no voy envenenándolas. Bonita historia, bien construida, Aurora, pero muy triste. Besitos, linda.

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    1. Es cierto, Levi. Es tan triste como real. Seguro que conoces la canción de Maná, la de lloré todo un río, pues lo mío fue un océano. Esas odiosas vecinas...
      Mi suerte es haber tenido esa comunión con el gato.
      Gracias por pasar.

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  7. Vaya historia. Ahora entiendo tu pasión por los gatitos. Qué lindos recuerdos y qué triste lo que le sucedió.
    Curiosa relación sí.
    Besos.

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    1. Relación extraña, tú lo has dicho!! Ese gato significó mucho para mí.
      Gracias, Maite.
      Bss

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  8. Bufffffffffff me has emocionado.
    Que duda cabe que tenemos que convivir con todo tipo de personas, hay quien le molesta hasta un animal bueno e indefenso.
    Una bonita, tierna y muy real historia, Aurora.
    Muchos besos, guapa!

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    1. Descontentos con la vida, intolerantes..., aún así hay que convivir.
      Gracias por tu comentario, Ohma.
      Besotes, guapetona!!

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  9. Hay vecinas muy crueles. Quizás más que el gato, lo que le arañaba era la envidia. Eso de ser feliz con alguien o algo, es que hay gente que no lo toleran.

    Abrazos

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    1. Ahí le has dado Trini, la envidia, corroe y consume a las personas. Al recordarla en este relato, siento pena por la vida tan vacía que llevó, aunque a mí me jorobara la mía.
      Gracias por tu visita.
      Besos.

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  10. Ese felino no era tan tonto: supo muy bien a quién arrimarse para llevarse el ascua a su sardina.
    Sin embargo, cometió ese error humano tan común: no valorar lo que se tiene y cayó en la tentación.
    Un fallo lo tiene cualquiera, pero ese lo pagó caro: le costó la vida.
    Lástima.
    M BSOS <3

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    1. Pobre gato!!! Era demasiado dócil, creo que ese fue su error.
      Gracias por tu visita.
      ++++ besos

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