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lunes, 21 de mayo de 2012

UNA GRAN HEREDERA





Me considero una de esas grandes herederas de la historia, lo cual no quiere decir que  haya recibido tierras con su capataz y su cuadrilla de obreros dispuestos a sacrificarse por el patrón; tampoco he obtenido mansión alguna en una tierra lejana,  equipada con todos los artilugios modernos y una insultante lista de mayordomos, criados, y doncellas. Por supuesto, ni hablar de una cuantiosa fortuna. Nada más lejos de la realidad.

Mi herencia se basaba en ir recibiendo todo tipo de prendas de vestir, calzado, libros de texto, complementos y por supuesto la cartera del cole, que no mochila, esa la utilizaba para ir de excursión. Ni qué decir tiene que el vestido de comunión también fue un bonito legado. De nada sirvió mi entusiasmo cuando con orgullo le enseñaba a mi progenitora un catálogo de los susodichos ropajes. Desenfundó su “la haces con el traje de tu hermana y no se hable más” antes de que pudiera comentar el modelo de la portada.

Pasaron los años a la par que yo seguía adquiriendo enseres de otros miembros de la familia. Siempre me ilusionaba el hecho de recibir, pero también me preguntaba cómo sería el momento de cortarle la etiqueta a una prenda de un solo dueño.  Fantaseaba y todo, oye!

Cuando mi hermana contrajo matrimonio y se marchó de casa, obtuve mi última y gran adjudicación: su habitación con mobiliario incluido. Ya hablamos de algo más serio, era la panacea del momento. Hasta ese día poseía un rinconcito nada íntimo y con mucho personal. Me explico: para ir de un dormitorio a otro, había que pasar primero por el mío, con lo cual el marcador quedaba así: íntimo – 0, personal – 4. Ya podéis entender mi júbilo llegado el momento. Ella salía de casa y yo entraba en su cuarto.

Para mi enlace matrimonial, me pregunto ¿quién inventó lo de llevar una prenda usada?, hubo una insinuación acerca de utilizar el mismo vestido que usara mi hermana en su momento. ¡Pero qué obsesión con que sea la mayor heredera de la historia! Claro, que una tiene su engreimiento y no cedió alegando que también había que llevar algo nuevo y qué mejor que el propio vestido, confieso que accedí a lo de la dichosa prenda usada, por tradición, pero no me hacía ninguna gracia.

Aunque creamos que todo se acaba cuando te casas y tienes casa, nos equivocamos como de aquí a Lima. Llegan tus retoños, y sin darte cuenta, la historia se repite: un día cualquiera te das cuenta de que el pequeño lleva unos pantalones del mayor, y que la nena, un vestidito de la prima y te preguntas: ¿cómo ha pasado? Fácil: es el ciclo de la vida. Y no te sorprendas cuando llegue la hora de heredar de tus hijos, también pasa, aunque esa ya es otra historia.



                                                                                                                                

domingo, 13 de mayo de 2012

AURORA


Aurora. Sólo conozco su  nombre. Aunque si me miro al espejo, puedo aventurarme un poco más sobre su aspecto: mujer menuda, tez clara, pelo oscuro a lo “garçon”, ojos oscuros, mediana edad, sonrisa transparente… Ese sería su físico.

 Me pregunto cómo es ella. ¿Cómo es su interior?. ¿Por qué aquel desconocido sonrió abiertamente al cruzarse con mi sonrisa?. ¿Tan parecidas somos que causó ese impulso de coger mi brazo y preguntar?.

Sorprendido ante mi negativa, repitió su nombre. Incrédulo, sin perder ese rayito de luz en el fondo de sus ojos, pidió una disculpa y siguió su camino. Para cuando me volví a mirar, el desconocido seguía sonriendo a esa falsa imagen.

¿Dónde la conoció?. Da tanto juego esta pregunta. Un verano en cualquier playa. Un otoño, en una ciudad tan elegante como la que estaba visitando en ese momento. Un invierno, en una visita a otro país. Una primavera, navegando por las redes sociales.

¿Le contará algún día su anécdota?. Me imagino la conversación. Te confundí, creí verte en otra persona. Nunca pensé que vendrías a verme. Me alegró volverte a encontrar. Todo fue una ilusión.

Por un momento, un instante fugaz, le di la felicidad a un desconocido. ¿Aurora, eres tú?.






martes, 8 de mayo de 2012

RETAZOS DE UNA INFANCIA






La playa.

¿Qué os sugiere a vosotros?

Un lugar paradisiaco, arena fina, horizonte azul, tranquilidad, paz, intimidad… Algo así, ¿verdad?

Pues a mí me recuerda a mi infancia, madrugones para plantar la sombrilla en primera fila, niños corriendo por doquier haciendo saltar la arena, cargarte de bártulos como si hicieras una mudanza, un autobús con gente sentada hasta en el pasillo.

Recuerdo que sólo íbamos para pasar el día, pero aquello más bien parecía un movimiento migratorio en toda regla. Una corriente de sombrillas, sillas, mesas, neveras, una masa de gente sudorosa, pringosa y brillante a causa del protector solar. “Para un día que vengo no me voy a quemar”, decían todos.

La aventura por coger el sitio más cerca de la orilla, eso sí que daba gusto verlo, no necesitábamos  pistoletazo de salida, nos agolpábamos en las puertas del autobús y la carrera empezaba cuando éstas se abrían.

La hora de la comida era digna de ver. No faltaba de nada, más bien lo contrario. El del chiringuito, nos miraba con odio, rencor, puñales lanzaban sus ojos, ¡pobre hombre!, éramos su ruina.

Después de comer: al agua, había que aprovechar,  ese día no se respetaba lo de las dos horas, no había tiempo que perder. Directamente nos decían: “métete con el último bocado, así no se te corta la digestión”. Pensándolo bien, me gustaba ese día,  no te machacaban con el “lávate los dientes”, no se oía un “siéntate bien a la mesa”, ni “recógete el pelo” o “lávate las manos”. Era el día sin normas, silvestre, natural, salvaje.

Llegada la hora de marcharnos de allí, recogíamos con una rapidez pasmosa, parecíamos un campamento indio abandonando la reserva en extrañas circunstancias. Una vez de vuelta en el autobús, parecía que veníamos de hacer instrucción, agotados, más sudorosos, más pringosos y sobre todo, rojos coloraos, salmonetes, por mucho producto que te hubieses puesto, siempre pasaba lo mismo: volvíamos quemados. La frase más escuchada esos días era “no me toques que voy quemao”.

Lo mejor era por la noche, después de una ducha de agua dulce, tu madre te ponía paños de vinagre, para sacar el sol, me decía. Mis protestas no la enternecían y terminaba siendo una ensalada aliñada. Aquello emanaba un olor...

En los días posteriores, era un dilema vestirse, jugar, recibir algún que otro balonazo… Vaya problemas los de entonces, comparados con los de hoy, ¿ no?

Hablando de jugar, teníamos varios sitios donde hacerlo, en la calle o la calle, así que lo hacíamos en la calle. ¡Claro!, imaginaos cuando en casa te preguntaban: nena, ¿dónde vas?, y tú inocentemente contestabas: ¡a la calle!. Ahora a tu edad no lo dirías tal que así, como si salieras a la misma con otros menesteres.

Pero en aquella época era distinto. En vacaciones te pasabas el día en la calle, jugando, gritando, parecíamos un rebaño en medio del monte, desperdigados por doquier. Una cosa, eso sí, la hora de la siesta era sumamente respetada, ya sea porque el “tío del saco“, trabajaba a esa hora llevándose a los niños que estaban solos en la calle, o porque a nuestros mayores no les gustaba que se les diera la tabarra debajo de su ventana.

De una forma u otra la hora de salida o de quedada como se dice ahora, era a las 5 en punto, hora del té para los ingleses, conseguíamos que con nuestros gritos y nuestras risas llenáramos de vida todos los rincones del pueblo. Se podía decir que éramos el hilo musical del barrio. Aunque claro está, no todas las vecinas estaban de acuerdo, siempre había alguna que te mandaba de una forma poco sutil a tu puerta a tocarle no sé qué a tu padre y a darle el follón a tu madre. ¡Qué delicadas!

Las noches de verano, las recuerdo en un espacio abierto, ¡exacto!, en la calle. Pero a esas horas estábamos más relajados y nos sentábamos en una “barbacana”, como se le llaman en mi pueblo. Allí nos reuníamos para echar unas risas contando alguna anécdota como siempre engrosándola con ahínco para hacerla más inverosímil,  algunos chistes o simplemente para pasar las cálidas noches del estío.

Indiscutiblemente recordando aquellas vivencias, una no tiene más remedio que soltar una sonrisilla picarona y pensar en los recursos que tuvimos los de aquella época para pasar las largas horas del verano, porque ¡vaya mentes pensantes las de entonces!, ideábamos cada cosa que ya, ya… Un día nos lanzábamos por la cuesta más empinada en una tabla de madera enjabonada por su parte posterior, otro nos íbamos de excursión al cabezo, lo de llenar globos de agua era la más diaria, y la pelota, esa dichosa bola que ahora odio tanto, entonces era como una extensión de mi brazo. Infancia, todos hemos pasado por ahí.

 Y luego empeora.


                                                                                                                                                                 

martes, 1 de mayo de 2012

PROMESA


La vio salir, cerrar la puerta tras ella. Y no hizo nada. Se quedó allí, quieto, mirando el sitio vacío que ella había dejado, esperando que todo fuese una de esas bromas que a Beatriz tanto le gustaba gastar. Pensó que volvería a cruzar ese umbral llevando una gran sonrisa en sus labios y diciéndole que otra vez había picado.

Nada de eso ocurrió.

Los minutos se hicieron horas. Las horas trajeron  la noche, oscura y silenciosa. El pisito, el cual adoraban por ser tan acogedor, ahora le parecía enorme. La cama, donde tantas veces se firmaron las paces con abrazos y los “no volverá a pasar”, ahora estaba fría y eso le producía una inmensa tristeza que  inundaba todo.  Le parecía irreal. Las sombras de la noche se apoderaron de aquel lugar,  recordándole cada momento vivido junto a ella. A lo largo de la madrugada creyó oír la cerradura en más de una ocasión, sólo era su imaginación; en otras creía que sus pasos veloces la traían hasta él, otra vez su mente le jugó una mala pasada. No consiguió que el sueño y el cansancio se apoderaran de él. Así, abrazado a la almohada y mirando el techo, le encontró el nuevo día.

Pensó en llamarla. Sí. Lo hizo ilusionado hasta que una voz robótica sonó al otro lado del auricular: el móvil al que llama está apagado o fuera de cobertura. Fuera como fuese, tenía que llegar hasta Beatriz. Una noche sin ella había sido suficiente para comprender que era la mujer de su vida. Tenía que decirle tantas cosas… y que la esperaría el tiempo que hiciera falta.  Una vida, una eternidad, por ella, eso no es nada.

El vuelo de Beatriz, estaba a punto de salir. Las lágrimas se agolpaban en sus ojos. Sabía que él era muy orgulloso y no daría un paso atrás, pero no podía desperdiciar la gran oportunidad de su vida: redactora jefe en un periódico de prestigio en la otra parte del mundo. Se equivocó. No podía creer la visión que estaba teniendo en ese momento.

Él. Carlos, en persona, avanzaba tranquilo hacia ella, intentaba que no se le notara que el corazón se le iba a salir de un momento a otro, que la felicidad por haber llegado a tiempo sólo pareciera una simple alegría y que el temblor que se había apoderado de todo su cuerpo, no fuese más que una reacción al frío de aquella mañana.

Incrédula, se levantó del sillón y sin dejar de mirarle esperó hasta que él llegara donde ella. Parecían dos estatuas de sal, uno frente al otro, hasta que Carlos, rompió el hechizo. La abrazó y diciéndole que cumpliera su sueño, que él esperaría impaciente su vuelta, la besó. Fundidos en un abrazo en aquella sala de espera del aeropuerto, ella le prometió volver.

A lo lejos, sólo un punto en lo más alto del cielo, iban ilusiones, sueños y una nueva vida con una promesa.