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martes, 16 de abril de 2013

TRES DESEOS



 ¡Aquí estoy, te quedan dos deseos!

Con esta frase me presenté en la choza de mi amor la noche de nuestro aniversario, envuelta en un provocativo conjunto y perfumada para la ocasión. Me esperaba con los brazos abiertos, la boca sedienta y los ojos llenos de hambre y ansiedad. No me llevó mucho tiempo descubrir el porqué de ese estado de perturbación.

-          - ¡Cariño, justo a tiempo! Saca las cervezas de la nevera y acércame el mando de la tele. ¡Date prisa, que empieza! -aulló desde el sofá.

Acababa de consumir el resto de deseos. Hice lo que me ordenó y después me fui a casa, con el único propósito de volver a mi lámpara.
Echó en falta mi presencia cuando acabó el partido. Me llamó abatido y desolado, su voz ahogada preguntaba dónde me encontraba. Por supuesto, mi respuesta fue de lo más glacial.

Se acabó hacer de niñera de un treintañero, cuya máxima aspiración en la vida era poder ver todos los partidos de fútbol habidos y por haber, ya juegue su equipo o no. Se acabó consolarle cada vez que éste pierda, se acabó el hacer de pañuelo de lágrimas. Se acabó. Ésa fue mi respuesta al otro lado del teléfono.

-          - No me lo creo. –Me espetó.
-         -  Haz la prueba. –Ataqué.

Me sentía con fuerzas para afrontar la batalla verbal, incluso de haber sido una lucha cuerpo a cuerpo, también hubiera estado a la altura. Aprovechando que la llamada la había realizado él, frívola que es una y llegados a este punto, vomité todos los desplantes y aguantes que he tenido que lidiar en estos tres años. Hasta yo misma me asombré de ver la cantidad de meses, días, noches, horas, minutos y segundos que había resistido a su lado.

Por suerte o por desgracia, nunca nos propusimos lo de compartir el mismo cuarto de baño. Ahora más que nunca me alegro de ello. Me ahorré el tener que hacer equipaje para emigrar a otro lugar, cual golondrina de Bécquer, o desperdiciar mis fuerzas en hacer lanzamiento de pertenencias del contrincante contra la acera. Con la mala suerte que tengo, incluso me denunciarían por ensuciar la vía pública. Así que con todo eso y más, finiquité nuestra conversación.

Promesas y más promesas me acompañaron el resto de semana: que había decidido cambiar, que estaba en esa fase madurativa, una oportunidad pedía como si de limosna se tratara. ¡Cambiar dice! Como no cambie de domicilio…

La decisión estaba tomada y adjudicada. Cada vez que veía una foto suya me preguntaba:
-         -  A ver hija, ¿puede saberse qué era lo que veías en él? – Por supuesto no obtenía respuesta. Ya se sabe que el amor es ciego, y el mío además loco.

No hay que decir que pasé por todas las fases de desenamoramiento: lloros, lamentos, falta de apetito, risas incontroladas seguidas de más lloros y una tristeza absurda. Hasta que un día me lo encontré de frente, acompañado de unas largas piernas, ojos morunos y un cabello al viento, que nada tenía que envidiar el indio de “Bailando con lobos”.

En ese instante se me quitó la tontuna y el estado de gilipollez transitoria al que había sido sometida por culpa de un enano semidesnudo, alado y ciego.