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sábado, 30 de noviembre de 2013

HIJOS DE UN DIOS MENOR

Tu tiempo por una historia.

Hay una isla en medio de la nada, un rincón perdido en algún lugar remoto donde cada día viajo para vivir las aventuras más impensables. Sus gentes sencillas cambian sonrisas por afecto, abrazos por caricias y su corazón por tiernas palabras.

Tienen una particularidad: fueron tocados por una mano divina al nacer. Se quedaron dormidos en un mundo paralelo, siempre niños. Viven sus propias aventuras son los protagonistas de sus cuentos, te arrastran hasta el interior de su sueño haciéndote partícipe siendo los ojos de los que no ven, las piernas de los que no andan, el cuerpo de los inertes y el cerebro de los dormidos más profundos.



Podría hablaros de Mariano el ciego y de su silla de ruedas, según él “la más chula” de la isla, de Emilio el espina, magnífico nadador dentro de un flotador. Nuria y sus “cenesito tus revistas”, Paloma siempre pidiendo paciencia con ella, Víctor regalando sus “te quiero mucho como la trucha al trucho”, Madalena recabando información para cuando algún día sea mayor, Evelyn con su mundo de fantasía, Javier el incomprendido, Juanmi el novio de todas o el “¡maestra qué chiquita eres!” de Joe.

Alfredo, Sergio, Rosario, Paquita, Daniel…, todos me regalaron parte de ellos mismos, cada uno a su manera consiguieron sacar la porción más humana y altruista que llevamos dentro.

Mis problemas se empequeñecen si los comparo con los suyos. Desaparecen momentáneamente si sus brazos me rodean, se esfuman si aparecen miradas encendidas en sus rostros, se esconden cuando afloran las amplias sonrisas…

Y yo, ya no soy yo. Soy el Peter Pan de su Isla porque me han regalado su corazón.






jueves, 21 de noviembre de 2013

LA COLECCIONISTA

Coleccionaba fechas como si de sellos se tratara. Las guardaba en un cajón secreto allá en el  viejo ático dónde cada amanecer bailaban los recuerdos con los sueños.

La vida le había regalado tantos días que inconscientemente los fue archivando en distintos niveles de afección. Descubrirse enamorada, sonrisas robadas, ilusiones cumplidas, la deseada entrega, encuentros inesperados, regalar vida, lágrimas amargas…, todos esos instantes tenían una fecha que ella celebraba de forma personal.

Nunca olvidó cumpleaños o santo, no se les escapaban los aniversarios…, su mágico rincón tenía capacidad para conservar todos los datos. Era como una vieja computadora, siempre le consultaban para recordar alguna festividad.

Una noche cualquiera el viento del norte entró en el desván, sacudió muebles, vació cajones, desmanteló lejas, arrasó con todo cuanto encontró a su paso, dejando en su lugar un cuadro pintado de caos y desorden. Nada fue igual.

Las fechas dejaron de tener su particular importancia,  no tenían sentido, terminaron siendo simples números. Los 20 de noviembre, los 15 de marzo, los 26 de julio…, todas  quedaron sin historia.

Ya no dolían las canciones, se quedaron huérfanos los lugares, el aire arrastrando palabras de un ayer consiguió apagar las velas de una tarta, dejando que la nada se acomodara en aquel cajón del viejo ático.
Ha pasado el tiempo y cuando el frío arrecia, de puntillas, sigue subiendo para buscar su 14 de febrero.